La mirada de fuego
Homenaje a don Gustavo Bueno Martínez.
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA NIHIL OBSTAT, Nº 29.
Carlos Javier Blanco Martín.
Amamos a Platón, pero amamos
mucho más a la Verdad. El mejor homenaje que puedo rendir al Maestro, a don
Gustavo Bueno Martínez, me parece, no es otro que hacer una revisión crítica de
su pensamiento.
La Filosofía, tal y como Bueno la
concebía y enseñaba, no es otra cosa que una incesante llama crítica que prende
el fuego a cuanto encuentra a su paso, una llama –el logos- que todo lo atraviesa (categorías científicas y técnicas,
instituciones y usos sociales, esquemas religiosos, ideologías, praxis política…),
que todo lo consume en la medida en que contiene error, falacia, deformación.
La propia filosofía degenera y se
con-funde en lo que no es ella (frecuentemente, se con-funde con la ideología,
la religión, la divulgación científica, etc.) cuando esta llama abrasadora de
la crítica se apaga, o bien se aleja del objetivo sus propias investigaciones,
que es una forma de desaparecer discretamente. No sin razón muchos han visto en
Bueno al nuevo Sócrates, esto es,
alguien que, al margen de cualquier vocación
de sistema (aunque el Maestro que aquí recordamos, sí la tenía) era ante
todo una especie de “incendio” en forma humana, un fuego cuyas lenguas ígneas
salían de su mirada y, con harta frecuencia, disolvían o reducían a cenizas las
(im)posturas intelectuales y políticas cómodas, (im)posturas consideradas en
cada momento como “correctas”.
La mirada de fuego de la crítica buenista casa
muy bien con algunos símbolos por él preferidos: además de la muy conocida
simbología de la lechuza de Atenea (o Minerva), de ojos resplandecientes en
plena oscuridad (esto es, en plena noche de ignorancia y confusión), también
tenemos ese simbolismo en el nombre de las publicaciones por él impulsadas: el
Basilisco, es nombre de monstruo mitológico de mirada letal. Esto ha de ser la
Filosofía: unos ojos muy abiertos y, si acaso, ojos incendiarios ante la pereza
mental y los conglomerados ideológico-metafísicos.

El Sócrates molesto, incómodo, el
tábano y aguijón destructivo que fue nuestro don Gustavo era sólo un “momento”,
en el más pleno sentido dialéctico del término, de su filosofar. Este momento
se oponía y se complementaba con la parte constructiva o sistemática. Hay en
Bueno un “sistema” (sistasis, sintaxis,
symploké). Cierto es que, ahora mismo, y a falta de conocer algún texto
inédito, el sistema buenista exhibe cierto aire de desproporción en los
miembros, de hipertrofia de algunas partes y de escaso acabamiento en otras.
Pero, a todas luces, aquí hay sistema, y sistema de mucha enjundia. Será ésta
una hora buena, una vez llorada la muerte de su creador, ocasión propicia en la
que podamos ver esas disarmonías e imperfecciones, empezando incluso por el
nombre del sistema: “materialismo filosófico”.
Así pues, comencemos a rendir
nuestro homenaje al profesor Bueno, haciendo lo que él haría con ocasión de
cualquier otro homenaje: Filosofía. Vale decir: crítica implacable, crítica
filosófica la cual implica un proceso que abarca un movimiento dialéctico de
dos aspectos, momentos o fases que se complementan y, al tiempo, se requieren:
destructiva y constructiva.
1. Un apunte personal.
Conocí al Maestro ya en el primer
curso de Facultad. A principios de los años 80 del siglo pasado, la Facultad de
Filosofía y Ciencias de la Educación era un singular edificio (un viejo Colegio
Mayor reciclado) y un no menos singular centro de enseñanza en el que convivían
alumnos y profesores de tres secciones muy diferentes en cuanto a intereses y
motivaciones: Filosofía pura, Psicología y Pedagogía. En las tres secciones
obtuve formación y disfruté del magisterio de profesores buenos. En las tres
secciones había un predominio de asignaturas filosóficas comunes en el primer
ciclo (los tres primeros cursos). Las malas lenguas achacaban a Bueno esa gran
presencia de la filosofía en la formación de psicólogos y pedagogos, juzgada
por muchos de éstos como engorrosa e impertinente. Sea cierta o no esa
responsabilidad del Maestro, los años me confirman cuán beneficioso era que
éstos especialistas de la educación o del estudio de la conducta tuvieran una
alta preparación en lógica, teoría de la ciencia e historia de la filosofía. Si
la “culpa” fue de Gustavo Bueno, yo no tengo más que buenas palabras para aquel
plan de estudios y para sus mentores, mucho más racional y racionalista que lo
que vino después.
En primero asistí a sus clases de
Antropología Filosósfica en un aula grande (la mítica aula “O1”, antiguas
cocinas, creo, del viejo Colegio Mayor reciclado), atestadas de gente, muchas
veces con presencia de alumnos oyentes y de profesores de otras facultades. Mientras
que muchos futuros psicólogos y pedagogos acudían rezongando a esas clases,
como si sus saberes (por decir algo, empleo la palabra “saberes”) no tuvieran
que ver con la Antropología, con una idea racional de Hombre, el Maestro
desplegaba flamantes ejes de coordenadas para analizar el material
antropológico en un espacio. Lo
maravilloso, en el magisterio de Bueno, era que el profesor nos ofrecía
primicias y desarrollos de aquello en lo que él estaba trabajando en aquellos
momentos. Cuando yo inicié mis años de universidad, Bueno y sus colaboradores
habían desarrollado en gran extensión su Teoría
del Cierre Categorial (TCC), y estaba ofreciendo al público y a sus alumnos
importantes novedades en la teoría antropológica (Los Ejes del Espacio
Antropológico, su filosofía de la religión, la teoría sobre las Ceremonias). A
lo largo de la carrera, y en los años de doctorado, yo traté de conseguir todo
el material fotocopiado o comprado que pude sobre la filosofía de Gustavo Bueno
y, muy especialmente, material concerniente a la Teoría del Cierre Categorial.
Esta filosofía de la ciencia me parecía un instrumento valiosísimo para el
análisis de las ciencias humanas y sociales, cuyos problemas gnoseológicos me
interesaban desde el principio. De hecho, al iniciar el doctorado no tenía muy
claro qué disciplina elegir para someterla a un análisis gnoseológico, pero
“probar” esta Gnoseología era lo que me gustaba, y dudaba entre varias ciencias
que reclamaban mi atención: el materialismo histórico, la Economía Política,
alguna corriente de la antropología cultural, la biología… Fue gracias al
consejo de don Julián Velarde Lombraña, estrecho colaborador de Bueno, como
encontré un tema para la tesis doctoral: la Psicología Cognitiva. Esto le
parecía correcto por haberme licenciado yo, inicialmente, en la sección de
Psicología. El profesor Velarde, un lógico eminente, me sugirió una crítica o
análisis de ésta disciplina, muy conexa a la Inteligencia Artifical, y sobre la
cual él mismo estaba investigando. Fue así que a principios de la década de los
90 leí mi tesis, Gnoseología de la
Psicología Cognitiva, dirigida por Velarde. Tuve, pues, el honor de haber
contado con su dirección. La tesis doctoral fue leída en la Universidad de
Oviedo ante un tribunal presidido por Gustavo Bueno quien, unos años antes,
había escrito un artículo sobre la gnoseología de la Psicología Cognitiva y en
el que yo me había basado.
En todos mis años de estudiante
universitario fui recibiendo exposiciones más o menos didácticas, siempre
rigurosas, de la Teoría del Cierre categoríal, y de otros aspectos de su
“materialismo filosófico”, bien a cargo de su propio creador, bien a cargo de
alguno de sus excelentes discípulos o colaboradores. Como suele ser habitual,
la propia lectura y estudio de la bibliografía buenista fue el mejor método
para formarse, pero puedo presumir de haber contado con algunos buenos
profesores. En el aspecto histórico-filosófico también deseo reseñar la impronta de dos discípulos de Bueno, las
clases de don Vidal Peña, que impartía Historía de la Filosofía Antigua, y la
de Manuel Fernández Lorenzo, que enseñaba Historia de la Filosofía
Contemporánea. Cada uno a su manera, con su propia heterodoxia, mostraba
maravillosamente la filosofía en su transcurso histórico, inspirándose en parte
en Gustavo Bueno. Manuel Fernández Lorenzo, bajo cuya dirección hice un trabajo
en tercer curso, fue quien más me ayudó –sin que él lo sospechara- a orientar
mis intereses hacia la Filosofía antes que a la Psicología o a las otras
Ciencias Sociales. El profesor Fernández Lorenzo ha llevado a cabo en los
últimos años una enérgica reorientación de la filosofía de Gustavo Bueno,
transitando desde el “materialismo filosófico” de su maestro, hacia un sistema
que él denomina “pensamiento hábil”. Es justamente de éste “pensamiento hábil”
de donde tomaré en este artículo algunas de mis críticas a la filosofía
buenista, críticas, se entiende siempre, que constituyen el mejor homenaje al
maestro fallecido y al que tanto le debemos.
En los 90 (curso 94-95) como
profesor asociado de la Universidad de Oviedo impartí durante un año clases de
Teoría del Conocimiento en 2º y 5º de la carrera de Filosofía. En ellas me
estrené como docente, poniendo en marcha cuanto sabía de la filosofía buenista,
aunque siempre muy volcado a los autores clásicos (Aristóteles, Descartes,
Hume, Kant…). Tenía el convencimiento de que nunca se podría entender el
laberinto llamado “materialismo filosófico” sin un estudio profundo y
recurrente de estos autores. Tenía –y sigo teniendo- la impresión de que el
“materialismo filosófico” borraba su propia genealogía, o la ofrecía en esbozos
no muy conspicuos. Esa impresión se me fue confirmando con el paso de los años.
Mi trato personal con don Gustavo
se redujo al mínimo. Recuerdo que siempre fue muy cortés, con esa cortesía
académica a la antigua usanza que, por desgracia, se está perdiendo. Esta
imagen en mi memoria contrasta con la representación pública que Bueno hacía en
la televisión y en la prensa, a modo de “niño terrible”, bronco y casi grosero.
Creo que su proyección pública fue muy desafortunada, un error estratégico a la
hora de promocionar su pensamiento. Esto, y la actitud sectaria de algunos de
sus seguidores, fueron bazas muy negativas a la hora de dar a conocer
correctamente la filosofía buenista.
2. La Lógica.
¿Cuál es la clave de que el
“materialismo filosófico” muestre tanta potencia crítica, analítica, frente a
la obra de otros filósofos y escuelas contemporáneas? No me cabe ninguna duda: la clave reside en la Lógica.
Don Gustavo Bueno era, antes que
nada, un lógico. Y uno de sus colaboradores más estrechos de la primera generación
(don Julián Velarde) , también. La Lógica es esa gran desconocida en el
panorama científico, cultural y filosófico. A lo sumo, hay un cierto contacto
estudiantil con la “lógica formal”, a la que se suele presentar como una
pariente pobre de las matemáticas, o una disciplina auxiliar al servicio de las
“argumentaciones”, como preámbulo o instrumento para la filosofía de la ciencia
o del lenguaje. En España hemos pasado del estudio escolástico de la lógica
silogística al estudio –acaso no menos escolástico- de la lógica formal
predominantemente anglosajona, muy a menudo reducida a “herramienta” para el
análisis lingüístico de las ciencias y del lenguaje ordinario. Pero la Lógica
es mucho más. Es una disciplina dioscúrica, de dos rostros. Por un lado, se
“positiviza”, se cierra categorialmente pero, por otro, una vez que sus
teoremas cobran un alcance general, constituye el nervio mismo de la Filosofía,
pues sus teoremas y procedimientos necesariamente reaparecen y se exigen a cada
momento y alcanzan carácter trascendental. Por otro lado, no hay sólo una
lógica formal, sino una más amplia (y de alcance ontológico) lógica material.
Las propias cosas, pudiera decirse, responden a un logos, a una sintaxis o entretejimiento. No todo se conecta con
todo, ni lo hace de cualquier manera. Ahora es donde podemos saber de dónde sacaba
Bueno el combustible con el que hizo fuego en su abrasadora mirada: en la
lógica. Bueno y Velarde, como competentes lógicos, pudieron alejarse tanto del
escolasticismo como del formalismo anglosajón y, con ayuda el decisivo aporte
del psicólogo suizo Jean Piaget, dieron con un enfoque constructivista, del que
luego hablaré. La teoría del todo y las partes, la teoría de las
clasificaciones, la teoría de la identidad sintética (la “verdad” en el Cierre
Categorial) y un largo etcétera, son contribuciones estrictamente lógicas.
Antes que nada, y de manera fundamental, la obra de Bueno (y sus primeros
colaboradores) es la obra de un lógico.
3.
La
cuestión del “materialismo”.
¿Por qué esa insistencia en
denominar “materialismo filosófico” a su sistema? ¿Qué significa ser
“materialista”?
Biográficamente, me parece que
está claro el por qué de ese nombre. Gustavo Bueno, allá en los años 60 y 70
tenía, o creía tener como compañeros de viaje a los marxistas. Su propia
filosofía se presenta en público como una fundamentación del marxismo. Los Ensayos Materialistas (1972) es la obra
que mejor representa la Ontología de Gustavo Bueno. En ella, en lugar de tomar
como unidad y objeto de esta disciplina “el ser”, o la sustancia, se toma la
Materia. Todo cuanto hay, o existe, es Materia (M), ahora bien,é se da en tres
géneros: M1 (materia en sentido fisicalista), M2 (materialidad operatoria, vale
decir psicológica), y M3 (materialidad esencial-objetiva). Es evidente que el
materialismo de Bueno no es de índole reduccionista, y no se puede confundir
sin más con un fisicalismo: éste, el ámbito de los seres físicos, no es más que
uno de los géneros de materialidad. Además, ninguno de los tres géneros se da
aisladamente. Deben concurrir los otros dos como mediadores. La inclusión de
M2, la realidad psicológica, constituye a la vez una reinterpretación de esta
misma realidad: no es el mentalismo, la presencia de las almas, lo que ha de
agregarse al mundo físico. La realidad psicológica (acciones, percepciones,
memoria, planes…) en realidad es la acción corpórea y la operatoria. Hablar de
Sujeto es hablar de un centro de
operaciones por medio de las cuales se construye y se reconstruye la realidad.
Como quiera que la intervención del sujeto (M2), esto es, de un centro que
construya y reconstruya las realidades fisicalistas (M1) y, a partir de ellas,
establezca relaciones esenciales u objetivas (M3) es absolutamente necesaria,
nos parece que es gratuito subordinar los tres géneros de materialidad a un
nombre común, “materialismo”. No vemos por qué no habría de denominarse, por
ejemplo, “constructivismo”, dado que además de los materiales de construcción
hacen falta demiurgos (M2) y resultados objetivos (por ejemplo planes y
legalidades, M3) que también intervienen en la construcción.
Lo de etiquetar como
“materialismo filosófico” al sistema viene, probablemente, de los tiempos ya
viejos en que Bueno tenía (o creía tener) compañeros de viaje marxistas. Y lo
hizo ante las inconsistencias filosóficas del DIAMAT, en rigor un dogmatismo más
engelsiano que marxista, que basculaba sin cesar hacia el materialismo
corporeísta antiguo, con añadidos de dialéctica hegeliana; ante esa
pseudofilosofía, Bueno reaccionó con una especie de boutade. Frente a la leninista denominación de su “sistema” como materialismo filosófico, la reacción de
Bueno fue la de apropiarse de la expresión, hacerla suya, rindiendo acaso una
especie de irónico homenaje a Vladimir Illich.
Sin embargo, hace muchos años que
comenzó el distanciamiento entre Bueno y los marxistas o, por decirlo de una
forma más general, entre el buenismo y la izquierda en general. Lo que comenzó
como una labor de fundamentación más rigurosa del materialismo histórico y del
materialismo dialéctico, bien visible todavía en los Ensayos Materialistas (1972)
acabó siendo un repudio explícito de la ideología marxista, a pesar del ensueño
en que algunos admiradores y discípulos buenistas, cercanos al PCE, siguieron
viviendo, una ilusión extraña, consistente en creer que Bueno todavía era de
los suyos. En la época en que Bueno accedió a su cátedra, en esa España del
franquismo supuestamente represivo en el que, paradójicamente, entraba desde
Francia todo género de literatura marxista, era habitual que la intelectualidad
de la izquierda clandestina tomara sus distancias ante la nueva escolástica
soviética. El marxismo-leninismo, con sus vulgatas y catecismos, no podía caer
en gracia de las personas con mayor capacidad crítica y mejor formación. La
propia labor de Bueno en aquella estólida España, introduciendo la lógica y los
nuevos avances de la filosofía analítica anglosajona (como hiciera Manuel
Sacristán, aunque con otro aire y estilo), revela la necesidad que nuestro
maestro tenía de salir de toda clase de escolástica, tanto de la escolástica
propiamente dicha (neotomista), como de la soviética.
Pero, curiosamente, al
derrumbarse el gigante soviético, y al perderse la “patria del socialismo”, el
Estado que de manera positiva y efectiva hacía las veces de “patria de la
revolución” y de “exportador” de ideas marxistas, la URSS, los otros marxismos,
occidentales y anti-soviéticos, también perdieron por completo el rumbo. En
España, de manera paralela a otros países occidentales, se procedió a difuminar
las siglas PCE en el seno de una indefinida “Izquierda Unida”, en rigor se pasó
a una liquidación del comunismo. Y no es baladí emplear la palabra “indefinida”
para definir a esta izquierda liquidacionista del marxismo, pues esta es la
nota que resalta Bueno en sus análisis de los movimientos izquierdistas post-soviéticos.
Feminismo, ecologismo, anti-fascismo, altermundismo, homosexualismo… no se sabe
cuántos “ismos” pueden tener cabida en esa izquierda que, como hongos en un
tronco putrefacto, brotaron al perderse el norte soviético. Tenemos, pues, un
“materialismo filosófico” ovetense nacido como crítica y como burla del
escolástico marxismo-leninismo, como punto de partida. Pero, como término de
llegada, tenemos que las ruinas de aquel estado, la URSS, y aquella concepción
del mundo, parecían más racionales y aceptables, que los subproductos nacidos
tras su muerte. Bueno debió parecerle demasiado “clásico” y sovietizante a
aquellos hijuelos españoles de mayo del 68 (trotskistas, maoistas, se decía
entonces, podemistas, se podría decir
hoy). En efecto: la Filosofía en su más pura veta platónica ve en el Estado el
instrumento capaz de “realizar” la Filosofía misma, a saber, la Justicia, la
Autoridad, la Racionalidad. Una Filosofía que abomina del Estado y de sus
instrumentos para hacer más racional la existencia social no es filosofía, es
mera subversión, es simple anarquismo.
En suma, un Bueno cuasi-marxista
y anti-soviético fue derivando, por culpa de la propia y lamentable evolución
de la izquierda española, en un Bueno anti-marxista pero en cierto modo nostálgico
del orden soviético. Pues, si dejamos al margen las atrocidades de aquel
régimen (y dejarlas al margen ya tiene algo de atroz), sí es cierto que el
sovietismo nunca socavó –al menos en el plano representacional- las instituciones
fundamentales de la vida civilizada (Familia, Ejército, Patria, Estado,
Lealtad, Autoridad), antes al contrario, las ensalzó.
Nombrar el sistema de Bueno como
“materialismo filosófico” me parece, pues, un anacronismo y un abuso de los
términos. La boutade que dio origen a
la expresión (superar y desposeer al mismísmo Lenin, creador del original
“materialismo filosófico”) ya no es vigente. Ya apenas tiene el buenismo un
puñado de compañeros de viaje en el marxismo-leninismo. No lo puedo demostrar,
pero me temo se trata de un filósofo mucho más leído en la derecha o en áreas
del todo transversales, en una España que ya no sabe nada de marxismo, reducido
éste a la marginalidad. La propia filosofía buenista podría calificarse, de
manera exacta, como transversal, “ni
de izquierda ni de derecha”. Y si las coordenadas ideológicas en las que se
gestó el buenismo ya no existen (ni la URSS, ni la hegemonía comunista en la
oposición a Franco, etc.), no vemos motivos para mantener esa denominación. De
igual modo, si a todo cuanto hay
(pues la Ontología es el estudio del Ser, de cuanto hay, y el estudio de qué
significa “haber” o “existir”) lo llamamos materia,
incluyendo los tres distintos géneros (M1, M2, M3), los cuales son,
recíprocamente, condiciones para el establecimiento de uno de ellos, no
entendemos por qué lo “material” (fisicalista, M1) y no lo “operatorio” (M2) o
lo “esencial” (M3) no habrían de ser instancias reguladoras de toda
construcción ontológica. Bueno “fundamentaba” en los Ensayos esta triple genercidad reformulando las tres ontologías
regionales de Wolff (Mundo, Alma y Dios). En otros libros (El Papel de la Filosofía en la Conjunto del Saber, 1970), aparece
el proyecto –no cumplido- de ofrecer una teoría sobre las leyes lógicas del
pensamiento, leyes lógico-dialécticas antes que psicológicas o subjetivas, a
partir de las cuales, una vez halladas, se pudiera trazar una concatenación
entre géneros. Esto, hasta donde se me alcanza, no se hizo, y cabe suponer que
sólo una labor colectiva de investigadores podrá ir trazando, caso por caso,
las ontologías regionales, teniendo en cuenta el análisis de los cierres
categoriales más directamente implicados.
El tiempo decidirá si en esta
opción en pro del materialismo no camuflaba Bueno una suerte de dogmatismo, una
preferencia no justificada por M1, por la materia entendida en el sentido
fisicalista. La sospecha que algunos hemos albergado en este sentido viene
avalada por la acrítica actitud de rechazo de todo “mentalismo” en el campo de
las ciencias de la conducta (p.e. preferencia por hablar de Etología en vez de
Psicología, apología de B.F. Skinner y desprecio por los aportes cognitivos o
psicoanalíticos), así como el decidido interés por los enfoques más
reduccionistas en las ciencias sociales y de la cultura (las llamadas metodologías
alfa-operatorias). El “anti-reduccionismo” del buenismo, me parece, debe ser
ejercido y no sólo representado. No debe figurar únicamente en un plantel de
buenas intenciones, sino tenazmente evitado dentro del proyecto ontológico
esbozado. Estos deslices se habrían evitado haciendo girar el sistema hacia el
Sujeto Operatorio. Hacer de M2 el género posibilitante, constructor y sine qua non de los otros dos, sin
perjuicio de que el Sujeto -cuyo espacio viene conformado por sus propias
operaciones- sea también posibilitado por los otros dos géneros. A mi juicio,
dos discípulos de Gustavo Bueno han transitado por este camino, salvando el
peligro del reduccionismo materialista: don Tomás Ramón Fernández, que remarca
el cariz evolucionista y constructivista del Sujeto Operatorio, a partir del
estudio del funcionalismo americano, pasando por J. Baldwin y J. Piaget ; y don
Manuel Fernández Lorenzo, quien reelabora igualmente la idea del Sujeto
Operatorio, remontándose, en este caso al idealismo alemán, y muy especialmete
a Fichte y a Schelling, para llegar hasta el siglo XX con las figuras de Piaget
y Merlin Donald. En estas dos líneas de investigación, el buenismo se despoja
de “materialismo” y pasa a ser un “constructivismo”, muy en la línea de otras
corrientes contemporáneas que reciben esa misma denominación.
4. La cuestión ontológica.
El
materialismo ontológico ha sido presentado por Bueno como un pluralismo radical. La realidad o el
ser, en el fondo, no puede constituirse ni concebirse como unidad, so pena de
caer en algún reduccionismo o formalismo, incompatibles por sí mismos con el
pluralismo asumido. La reducción de los distintos géneros de materia a una
unidad, revertiéndolos a uno de ellos se llama formalismo ontológico, lo cual es, en los Ensayos Materialistas, algo así como el paradigma de la “mala”
metafísica. El materialismo filosófico se presenta, en su plano ontológico,
como una novedad frente al materialismo anterior, una novedad incompatible con
aquel y superadora del mismo. Bueno insiste, desde los Ensayos, en designar como materialismo su sistema en actitud
polémica y crítica frente a los materialistas anteriores. Como los
marxistas-leninistas denominan “materialismo vulgar” a las teorías
materialistas predecesoras, no dialécticas (monismo sustancial presocrático,
corporeísmo, mecanicismo, sensualismo), así Bueno conserva el nombre –que él
debía ver honroso- de materialismo, frente a las modalidades vulgares
predecesoras o coetáneas (verbigracia, el marxismo, hacia 1972, fecha de
publicación de su obra). Sólo con posterioridad, sobre todo con el enorme
desarrollo de su Gnoseología (TCC), otras denominaciones –más afortunadas-
emergen o se propagan, aunque siempre con parsimonia (hiperrealismo, constructivismo). Pero ¿para qué mofarse del
marxismo a la vez que mantener un pie en su terminología y compartir no ya un
proyecto “emancipatorio” sino un trasfondo dogmático, a saber, un realismo
materialista?
La verdadera
sutileza de la ontología buenista frente al Anti-Duhring de Federico Engels y ante las aportaciones generalmente
positivistas y “vulgares” de Lenin o los soviéticos, es la pluralidad
irreductible de los géneros de materialidad (M1,M2,M3). La reducción de uno o
varios de ellos a M1 es un formalismo (reduccionismo monista), esto es, para
entendernos, una especie de lecho de Procusto. Este formalismo es un intento de
evacuar, mutilar, eclipsar ciertos aspectos de un género de materialidad
llevándolos a “otro terreno”, otro género, con la pérdida consiguiente. Si se
nos permite una analogía, sería como situarse ante la cara de un cubo y
describir el sólido siempre como un cuadrado, renunciando a ver otras caras
visibles, pero no frontales del mismo, y renunciando incluso a la mera
“imaginación” conjunta de las seis caras, visibles u ocultas, pero reales y
copresentes, aunque no todas copresentes a una sola intuición. La ontología no
es sólo la visión de ese sólido, visión de algunas pocas caras del mismo. La
ontología debería ser una “hiper-visión” del cubo, en la cual, a partir de una
cara frontalmente percibida, y las proyecciones de al menos otra más de sus
caras, la mente pueda formar la visión completa (tras las operaciones
pertinentes) de la totalidad. Totalidad que no es perceptible sino en su
sucesión, una sucesión de caras (de cuadrados) que lleva su tiempo y que sólo
tiene posibilidad tras operaciones, unas operaciones de “imaginación interna”
que virtualizan operaciones quirúrgicas, locomotrices, palpatorias, etc. (dar
la vuelta al cubo, alzarlo si es posible, subirse a él o verlo desde arriba,
contar sus caras, incluyendo la que linda con el suelo, etc.).
El Ser,
designado ahora por Bueno como Materia, en un sentido ontológico-general, no es
más que un concepto-idea puramente negativo. Sólo cobra sentido como límite, y como concepto límite es
inalcanzable: no “existe” en cuanto que no designa ninguna realidad positiva;
no hay operaciones ni relaciones que puedan fijar o determinar una entidad o
sistema de entidades como ese. El uso gramatical del singular, y el empleo de
la mayúscula (la Materia, el Ser, la Sustancia) es un recurso fácil en manos de
todo lector para poder detectar la (falsa) positivización de aquello que, de
por sí, carece de contenido, y que sólo es un límite –no un término con referente- o abstracción dentro del proceso dialéctico, de un regressus. El regressus es un momento, esto es, un aspecto parcial de ese sentido
regresivo, sentido que también en Filosofía recibe el nombre de análisis. El único regressus que ofrece resultados positivos (categoriales) es aquel
que ocupa una posición intermedia, y puede servir como punto de arranque para
un nuevo progressus. En Química, el regressus al átomo-elemento, en
Biología, el regressus a la célula,
etc. Ese regressus fija, determina y
“descubre” unidades que luego devienen piezas indispensables para posteriores y
novedosos progressus (síntesis). Las
categorías de la Química, de la Biología o de cualquier otra ciencia positiva quedan,
de hecho, reorganizadas esencialmente y “ya nunca serán las mismas” una vez
fijado el término medio del regressus
a partir del cual no se pierde impulso reconstructivo. Este punto medio es
justamente el momento dialéctico en que ha tenido lugar un cierre categorial
(por identidad sintética), esto es, un cierre en el que las operaciones
–subjetuales- extraen unidades o relaciones esenciales a partir de un fondo
fenomenólogico, pero también las unidades o relaciones esenciales desde las
cuales se pueden buscar o hacer propagación de nuevas síntesis. El nivel
intermedio de regressus toma impulso
para nuevas síntesis en función del nivel tecnológico y demás contextos
histórico-sociales en que acaece la Producción, que puede hacer materialmente
posible la propagación o expansión hacia nuevas síntesis. La fertilidad
progresiva en el conocimiento científico-positivo sólo viene garantizada desde
los regressus intermedios, en donde
la capacidad operatoria (M2) del ser humano puede fijar los términos
fisicalistas (M1) que verdaderamente “anudan” o relacionan (por identidad
sintética) todo un racimo compuesto por otros términos, que desbordan la
determinación fisicalista aunque materialmente la incluyan (M3).
La capacidad
operatoria del ser humano, históricamente considerada, constituye el verdadero
centro vivo de la ontología constructivista de Gustavo Bueno. Ese núcleo, desde
la perspectiva histórica (la de un materialismo histórico que precede, acompaña
y engrana con el materialismo ontológico) se denomina Producción, pero desde un
punto de vista abstracto-gnoseológico, en realidad es el Sujeto Operatorio el tipo
de entidad (puramente funcional, como centro de operaciones) que va haciendo
posible, social e históricamente, la existencia de sucesivas capas de realidad
operada, transformada. La Producción, como idea nuclear e histórico-dinámica de
la Ontología buenista, corre serio peligro de ser reducida a un segundo género
de materialidad a su vez encorsetado bajo algún sociologismo o reduccionismo
económico si es que no escapamos de ciertos procedimientos marxistas muy al
uso. Este reduccionismo volcado a M2 no es ahora el reduccionismo mentalista o
Idealista (la Mente, el Espiritu), al modo solipsista (Berkeley) o Idealista
alemán (Fichte, Hegel) que devora toda suerte de contenidos, ora fisicalistas,
ora esencias. Más bien, una mala inteligencia de la idea de Producción puede,
en contextos marxistas (que son desde los cuales, y contra los cuales en parte
se escribieron los Ensayos Materialistas),
caerse en el formalismo de una “conciencia de clase”, un sujeto fantástico como
el “proletariado universal”, o algo semejante, capaz de representarse
cuasi-divinamente la legalidad de las fuerzas sociales en liza, y elevar la
conciencia por encima de todos los elementos obstacularizadores hacia su
“reforma” o “emancipación”. Pero la Producción no es esa especie de Logos al
que deben atenerse los sujetos, o el Sujeto (“El Género Humano”) para liberarse
o liberar las fuerzas del Progreso. La Producción es el contexto envolvente que
hace posible los distintos niveles históricos de contextos operables. El contexto
envolvente griego no permitía –y no sólo por infracapacidad tecnológica o por
el esclavismo como modo productivo dominante- el efectivo regressus al átomo. Pero el contexto envolvente de una sociedad
capitalista industrial altamente tecnologizada, sí lo permite. La Producción es
un dios Jano: es, al mismo tiempo, Naturaleza y Cultura, y consiste en la
dialéctica o relación conjugada entre estas dos ideas meta-físicas.
La clave para
una reformulación no-materialista de la Ontología de Gustavo Bueno, una vez
superados los compromisos iniciales de este filósofo con el marxismo o sus
proyectos personales de fundamentar o superar el mismo, pasa simultáneamente
por una reformulación de la idea de Producción, que es también una suerte de
reformulación de la idea de Sujeto Operatorio. En rigor, los Ensayos Materialistas y demás
desarrollos ontológicos de Bueno son un constructivismo, y estos dos pájaros se
pueden matar de un solo tiro. La “realidad” inagotable y plural, que
racionalmente sólo puede designarse como series de realidades dadas en géneros
recíprocamente inconmensurables, depende de la actividad operatoria de sujetos
humanos, y carece de sentido, no existe, al margen de la aparición de estos
seres propiamente humanos en un pasado que, en términos cósmicos, es reciente.
Pero, si no se interpreta correctamente, este es un constructivismo que peligra
una y otro vez: está cerca de inclinarse por las pendientes acusadas del
idealismo y relativismo, que tanto denostan los “materialistas filosóficos”.
Pues sin la capacidad operatoria creciente, desde nuestros antepasados
prehistóricos, no habría “realidad” alguna, acaso un mero torrente de
sensaciones en círculo funcional con acciones motoras, como ocurre con los
animales no humanos. Tal parece como si el buenismo no haya asumido plenamente
la continuidad filogéntica, desde la ameba, pasando por los antropoides y
llegando al Homo sapiens. Continuidad
en la cual “círculos funcionales” (sensopercepción-acción) son los tejedores de
un mundo fenoménico, la Umwelt, el
único mundo existente para los animales. La “unidad”, ciertamente, sólo es
unidad fenomenológica y se coextiende con esa unidad regresiva, o concepto
límite, que se da en llamar “materia”. Precisamente una ontología pluralista
puede edificarse si es que median operaciones de un mayor nivel que los meros
círculos funcionales de la vida animal, operaciones gnoseológicas y no
meramente cognitivas, operaciones gracias a las cuales la realidad queda formalmente
cuarteada.
5. La cuestión de las izquierdas y las
derechas.
Desde unas
posiciones marxistas, que abundaban entre los que fuimos sus discípulos, las
críticas que don Gustavo emprendió a la distinción izquierda-derecha no fueron
entendidas en su momento. En realidad, el maestro emprendió en España, con su
propio arsenal lógico (ya he dicho que don Gustavo fue, ante todo y
principalmente un lógico) y con sus propias referencias hispanas, la misma
labor que en tierras galas, y ultrapirenaicas en general, llevaron a cabo Alain
de Benoist y otros pensadores (Robert Steuckers, Guillaume Faye) de la llamada
“Nueva Derecha”, a quienes mejor cabría denominar “pensadores transversales”,
pues desde la transversalidad es posible defender mejor la Verdad y lo
racional, allá donde se encuentre. Bueno empezó a triturar la distinción entre
izquierdas y derechas y a muchos nos dejó desconcertado. El mundo posterior a
la caída del Muro (ocaso del comunismo) y el mundo posterior al 11-S y 11-M
(declaración de guerra del Islam al mundo civilizado) acabarían dándole la
razón al filosófo riojano-asturiano. Era justo, necesario y vital que la
distinción fuera triturada.
Pongamos por
caso, un sistema social de, por y para los trabajadores, que combata el
capitalismo salvaje, pero que a la vez defienda la Familia, la Patria y el
Estado, como instituciones que mejor pueden servir al pueblo, y dentro de éste,
al pueblo trabajador. Con los esquemas ideológicos de las “izquierdas”
existentes hoy, esto no es posible. Con las coordenadas del sistema buenista,
es posible, y, más aún, es la Razón misma.
Con sus poderosas
herramientas lógicas, sobre todo las herramientas de tipo clasificatorio, Bueno
distingue diversos tipos de izquierdas (también hizo lo propio con las
derechas) y su enajenación con la actual “izquierda del sistema” vino
perfectamente subrayada bajo una agrupación, acaso la más numerosa en la
izquierda española: el grupo de corrientes e ideologías reunidas por su epígrafe
de las “izquierdas indefinidas”. Lo que en época tardofranquista y en la
llamada Transición se conocía como “ la izquierda de la izquierda”
(trotskistas, maoístas, etc.) no tardaría en convertirse, tras la caída de la
URSS en un auténtico engendro, indefinido e irreconocible. La mirada de fuego
de don Gustavo, imagen con la que encabezábamos nuestro ensayo, no cejó en su
empeño aniquilador. Ese trotskismo y maoísmo, junto con el anarquismo, ya desde
muy pronto tan lejanos a la racionalidad de la que todavía se reclamaban Marx y
Engels, dieron lugar a todos esos retoños del “marxismo cultural”, producto de
laboratorio destilado en las universidades norteamericanas, previo paso por el
París del 68 y de otras modas francesas. En el momento de redactar este ensayo
(2017), la Izquierda Unida terminal e integrada en el populismo de “Podemos”,
junto con el zapaterismo que ha desecho el PSOE y toda socialdemocracia
coherente, son herederas natas de esa “indefinición” que, por debajo de su
insensatez (“altermundismo”, “utopía”, etc.), esconden fuentes de financiación
muy concretas, en términos de dólares y petrodólares. La indigencia intelectual
de ciertas ideologías post-marxistas es, en sí misma, un síntoma de quiénes son
los propiciadores de la enfermedad de las izquierdas, quiénes la alientan y
propalan. Las propias transformaciones del capitalismo posteriores a la Guerra
del Vietnam y al Mayo Francés, y con mucha más intensidad después de la caída
del Muro, promovían o veían funcionalmente provechosas las ideologías que, bajo
capa de gran radicalidad superestructural (estética, simbólica, emocional)
reforzaran no obstante la base mundial de la explotación y la acumulación. De
ahí que nos expliquemos el gran éxito mediático de tantos
pseudo-revolucionarios, la enorme cantidad de millones en concepto de
subvención destinados a ONGs, grupúsculos, entidades diversas que supuestamente
“van a cambiar el mundo” o nos dicen que “otro mundo es posible”. El
Capitalismo descubrió que la izquierda pseudo-radical era rentable, mucho más
eficaz y funcional que la rancia derecha conservadora. El nuevo capitalismo,
bajo la égida de la Escuela de Frankfurt, de Marcuse, del pensamiento
relativista postmoderno, está obteniendo grandes ganancias y colonizando
territorios simbólicos, culturales, sociales, mucho más amplios. La Filosofía
de Gustavo Bueno, especialmente tras su desafección ante la izquierda post-soviética,
ante la izquierda post-moderna e indefinida, es una llama abrasadora que
destruye todo el utopismo, toda la ideología inconsistente, la metafísica
regresiva y rebarbarizada, la manipulación grosera que se esconde tras esas
banderas del “progresismo”. No es de extrañar que algunos de nosotros,
desafectos en su día con el pensamiento de Bueno, nos hayamos reconciliado –en
parte, y sin abandonar la perspectiva crítica- con algunas de las posturas del Maestro.
Pues maestro de los que saben fue Bueno, y adelantado en su visión. Supo, como
pocos, que la caducidad del dualismo izquierda-derecha estaba próxima, y que
los futuros acontecimientos mundiales nos lo harían ver. La “hemiplejia moral”,
y las “dos maneras de ser imbécil”, que Ortega denunciaba en sus días, siguen
bien enraizadas en la sociedad española, pero la urgencia de una
transversalidad filosófica se nos presenta hoy más que nunca, y otro filósofo
de una generación más cercana a la nuestra, don Gustavo, nos avisó con tiempo
suficiente. Algunos se enterarán demasiado tarde del engaño. El engaño del
capitalismo internacional: dividirnos en izquierdas y derechas cuando la
cuestión decisiva consiste en trazar la línea de lucha entre globalización y
soberanías nacionales.
6.
La
cuestión de la filosofía española y en español.
En este asunto, capital, don
Gustavo Bueno también ha “sentado cátedra”. Por fin, desde su silla profesoral,
o mejor, desde su “taller de las ideas”, se ha dejado claro de nuevo que una
auténtica Filosofía, de repecursión mundial si habla con Verdad, si es
Verdadera Filosofía, puede expresarse en lengua española. Y expresar una
filosofía en lengua española supone, además, un acto de consecuencias geopolíticas inmensas. Supone una apuesta
por el hispanismo como proyecto cultural-geopolítico. No está de más recordar
aquí que fue Spengler quien señaló el Imperio Español de los Habsburgo como el
primer gran imperio del Occidente moderno, quien impuso su “gran estilo”
(burocracia, cancillerías, administración territorial) a todos los imperios
subsecuentes (holandés, francés, inglés…). Fue precisamente España la que
intentó un proyecto imperial moderno (en absoluto feudal, como pretende ser
calificado por sus adversarios), pero no capitalista a ultranza, y a una escala
verdaderamente mundial. La España que llegó con sus exploraciones a América del
Norte, incluso a Alaska, la España que, una vez controlada las dos Américas, ya
hubiera podido, en unión con Portugal, civilizar África y dominar buena parte
de Asia, región donde los imperios chino y japonés ya estaban recibiendo
misiones y embajadas. Pero ese proyecto hispánico, heredero de Grecia, Roma y
heredero también de la civilización germano-católica, se hundió. El proyecto
hispano frente al inglés y francés sucumbió ante enemigos que dieron un giro
ultra-capitalista a la historia, con la excepción de un cierto resurgir en el
siglo XVIII. Pero, ahora bien, en la Historia hay que examinar los ciclos de
larga duración, analizar “el declive hispano” en sus más largos tramos y
observar si un valle en la curva vital, es apenas un receso temporal. La
hegemonía cultural francesa y anglosajona sobre “Occidente” ahora ha declinado.
El propio Occidente con estos viejos imperios (todos ellos, incluído el último,
los EEUU ya van pareciendo vetustos como imperios hegemónicos, tras sus
derrotas contínuas desde la II Guerra Mundial), sucumbe. El mundo se reorganiza
rápidamente de una forma multi-polar, y otro Imperio, tan semejante en su
historia y destino al imperio hispano en muchos aspectos, como su alma mater oriental, el ruso, va
recobrando fuerza una vez caído el comunismo. En derredor, orbitando como imperios
medianos, países que recientemente parecían “tercermundistas” y marginales
cobran realce: Irán, China, India… Europa, mientras va perdiendo sus raíces y
se entrega, sumisa, drogada, a una suicida multiculturalidad (que en el fondo
es una mezcla de americanismo y de islamismo) necesita del hispanismo. Y Europa lo necesita no ya por el exiguo
peso que el Reino de España tiene hoy en la periferia de la UE (una UE que,
para colmo, es concausa principal del declive de nuestra civilización), sino
por la potencia inmensa que proporcionan los millones de hispano-hablantes y
luso-hablantes que viven al otro lado del Atlántico. Estos ciudadanos son, por
derecho, “hijos de Europa”, savia de Occidente, y una adecuada filosofía
(verdadera) es la que les puede salvar. A ellos, de la degradante dependencia
yanki y del retrógrado “indigenismo”. Y a nosotros: a nosotros nos salvará el
hispanismo, pues los españoles vivimos sumidos en una degradante vorágine
centrífuga, en la que se concitan las fuerzas separatistas con oscuros intereses
extranjeros. Tomar plena conciencia del potencial que la lengua y la cultura
hispanas poseen (de hecho, y no sólo como desideratum)
en el mundo es fundamental: es el punto de engarce entre una adecuada visión
geopolítica y una filosofía “a la altura de nuestro tiempo”. La lengua no es
sólo un vehículo que transmite información, la lengua es expresión y núcleo
difusor de unos valores alternativos de los de otras culturas, imperios o
civilizaciones incompatibles y, en el límite, enemigas. El idioma español es
enemigo del idioma inglés en la medida en que los valores de nuestra monarquía
romano-católica eran diametralmente opuestos al economicismo puritano o
protestante anglosajón. El español se midió a cañonazos con los hijos de la
Gran Bretaña (incluyendo aquí el imperio yanki), tal y como se midió
anteriormente con los franceses, moros y turcos. Las lenguas son armas, armas
para la unificación tanto como para la disgregación. Y las potencias enemigas
del proyecto cultural (imperial) hispanista incluyen como armas la imposición
de sus concepciones del mundo, el estilo de pensar, la reorganización de la
escala axiológica, etc. No bien acaba España de reajustarse, con gran esfuerzo,
a las modas culturales anglosajonas, cuando llega en nuestros días una nueva
influencia, fuertemente financiada con capital extranjero: la islamización. En
este sentido, la unidad
geopolítico-cultural de una fuerte comunidad ibero-hablante, moviéndose en
la escala de los mil millones de personas, podría ser un importante bloque de
contra-poder en el mundo multipolar de nuestros tiempos. España no tiene ningún
motivo para ser arrastrada en el declinar agónico del Imperio anglosajón, ni
seguir siendo la sierva periférica de la Alemania despótica, sentada en el
centro de la U.E. Mucho menos existen motivos para volver a someterse a un
Califato musulmán, hoy en trance de reconstrucción, y se halla geográficamente
muy lejos de los otros Imperios renacientes más al Este, el Ruso y el Chino. En
cuanto a éstos dos últimos imperios, precisamente por su lejanía debemos albergar
menos temores, y puede que sea muy práctico reforzar contactos y alianzas con
ellos, ante los últimos zarpazos del Imperio yanki declinante.
Filosóficamente, España y el hispanismo pueden
desempeñar un papel decisivo: son “Occidente”, pero un Occidente alternativo al
imperialismo depredador anglosajón: los hispanos somos herederos mucho más
directos del mundo clásico y católico y en los siglos XVI-XVIII ofrecimos un
proyecto de Modernidad diferente al que desgraciadamente triunfó. España, al
ser parte de Europa, y haber sido su baluarte en el pasado, puede transformar
Europa por medio de un idioma filosófico como es el español.
España, al ser históricamente el
dique de contención de las oleadas afroárabes, puede volver a ser ese baluarte
que las detenga, que devuelva a los invasores y a los caballos de Troya de la
barbarie a los continentes de donde nos llega (África y Asia). Una verdadera
filosofía en español, geopolíticamente dotada de respaldo, que renueve la
europeidad a nuestro continente: ésta me parece que fue la visión que tuvo
Bueno. En suma, puede ser la filosofía hispana –si esta es racional- la que coadyuve
a que toda América salga del doble atolladero del imperialismo yanki y de la
necedad indigenista, el justo medio, el reencuentro con la propia raíz de estos
pueblos. Sólo una Filosofía puede salvarnos. Don Gustavo supo ver perfectamente
estas implicaciones geopolíticas del hispanismo filosófico, la formación de un
Bloque estratégico contrarrestante, si bien algunos de sus “herederos” y
discípulos hicieron mucho el ridículo a la hora de llevar a la práctica
inmediata este proyecto. El proyecto es difícil, dado el clima de hispanofobia
reinante a ambos lados del atlántico. Exige la existencia de una amplia
comunidad de intelectuales “identitarios”, esto es, altamente conscientes de su
dúplice ser como europeos (nativos o descendientes culturalmente hablando) y
como hispanos, lejos de cerriles dogmas y consignas, llevando a cabo durante
años un duro trabajo filosófico y metapolítico. Sólo tras décadas así, se
verían frutos hermosos.
7. La cuestión de España.
La cuestión de un idioma español
de alcance geopolítico (“imperial”) me lleva a la “cuestión de España”. Sigo
siendo muy reticente al jacobinismo radical que se desprende de la lectura de
trabajos buenistas, especialmente los de las últimas generaciones de
seguidores, jóvenes, ajenas al aroma original que se desprendía del saber de
Bueno. Es cierto que la unidad de España está siendo amenazada, desafiada un
día sí y otro también, y que esta una amenaza real y seria. Es cierto que don
Gustavo fue, desde hace años, más clarividente que muchos de nosotros. Muchos
que, en otro tiempo, abogábamos más abiertamente por soluciones federalistas y
confederalistas. Ahora se ciernen sobre España unas amenazas mayores, si cabe, que
las de épocas todavía recientes en las cuales ETA asesinaba. Existía (y existe,
pues está sin disolver) organización criminal junto a la cual había una serie
de hijuelas, una serie diversos grupúsculos radicales y violentos en periferias
diversas (Cataluña, Asturias, Galicia…), que atentaban o amagaban con hacerlo
para fraccionar una parte del territorio y enajenarla a la Soberanía española.
El terrorismo sangriento se ha detenido, pero por el contrario “el brazo
político” de quienes quieren disgregar España no, más aún, se ha generalizado
increíblemente en todo el territorio. Organizaciones populistas de signo
radical, como “Podemos” y sus franquicias, están haciendo suyas numerosas
consignas de la ETA y de sus hijuelas a favor de la autodeterminación y del
soberanismo. Lo que no puede hacer una banda de asesinos localizada
regionalmente, sí lo puede conseguir una alianza de fuerzas de izquierda
radical, repartida por todo el Estado y mucho mejor financiada desde el
exterior. Esta ruptura de la soberanía sería la liquidación total del proyecto
multisecular de España, una de las naciones históricas más antiguas de Europa,
heredera del Reino de Asturias y de los otros núcleos cristianos pirenaicos que
pudieron sobrevivir al amparo del Reino
Asturiano y del Imperio de los francos. España no sólo es una vieja nación,
heredera de aquella revuelta de Pelayo en el siglo VIII, sino también una de
las de mayor proyección sobre otras naciones hijas y herederas. El naufragio de
España, si un día aconteciese, será fruto de una irresponsabilidad mayúscula.
La postura de Bueno en ese tema fue clara, contundente, militante.
Pero, atención, no debe arrojarse
al niño junto con el agua de la bañera. La importancia decisiva del idioma
español en la geopolítica mundial no está reñida con la defensa de posiciones
regionalistas y con el uso y cultivo de las distintas lenguas regionales. Esta
defensa del regionalismo y de las patrias y lenguas regionales no está en
contradicción con la fortaleza de una España unida fuertemente en autoridad,
defensa y destino. El federalismo de izquierda anterior a la fundación del
PSOE, y el carlismo y tradicionalismo anteriores al desastre de 1936,
atestiguan este pensamiento antijacobino. En la cuestión de las lenguas, creo
que lo más acertado en la llamada Transición hubiera sido denominar “lenguas
españolas” a todas las otras lenguas del Estado distintas del castellano
(Catalán, vascuence, bable, gallego, ect.) pues, en efecto, lo son. El
multilingüismo de la nación española es sumamente enriquecedor. Como hablante y
escritor en lengua asturiana me he sentido molesto por la actitud de Gustavo
Bueno en este asunto. La tendencia, un tanto radicalizada, a mostrarse
“jacobino” y enemigo del bable no le favoreció precisamente en su proyección
pública, especialmente dentro del Principado.
Bueno nunca fue tibio con los
nacionalismos “fraccionarios”, los señaló como ideologías francamente
irracionales. Resulta difícilmente aceptable, desde una postura racional, que
ciertas formaciones nacionalistas y ciertos intelectuales vinculados a ellas
pretendan reescribir la Historia de España de la manera en que lo vienen
haciendo desde 1978. Nunca hubo una “Euskalherria” independiente, nunca hubo un
“Estado Catalán”, etc. Las peores tesis raciológicas y el más horrendo
esencialismo se puede localizar no sólo en los textos de Sabino Arana, y demás
“padres” de nuevas naciones inventadas, sino en ciudadanos que ostentan de
cargos públicos y amplios privilegios académicos, editoriales, periodísticas ,
etc. en esta España que supuestamente tanto les oprime. La denuncia de las
imposturas separatistas y la reconstrucción racional de la Nación Española –más
allá del pobre jacobinismo de algunos discípulos- será siempre una de las
glorias con las que será recordado Bueno.
Concluyendo.
Debo confesar que, a partir 1998,
perdí contacto con gran parte de la producción de Bueno y del “materialismo
filosófico”. El abandono en que cayó la Teoría del Cierre Categorial y las
incursiones editoriales de Bueno en un tipo de libros que me parecían un tanto
caprichosos en su tratamiento, así como políticamente coyunturales, enfriaron
mi interés. La crisis de identidad en que se ve sumida España, y toda Europa,
sin embargo, está renovando en mí un un regreso al estudio de su obra y su
figura. Esta obra y figura se agigantará con el paso del tiempo. Será de
justicia. También debo aclarar, antes de dar clausura al texto, que siempre he
distinguido claramente entre la obra de don Gustavo, y los textos cualquier
indigente intelectual que se proclame “buenista”. La verdad de una obra no está
del lado de los murmuradores y los “herederos” oficiales. Herederos somos todos
los que queramos profundizar en su obra o servirse honestamente de ella. Sirva
mi artículo como homenaje a esta “mirada de fuego”. Necesitamos muchos así.